jueves, 7 de junio de 2012

Otros Mundos (X): El Picnic de un millón de años


 

(Ray, grande Ray Bradbury... )

 

EL PICNIC DE UN MILLÓN DE AÑOS.

Ray Bradbury 
De algún modo mamá tuvo la idea de que quizás a todos les gustaría ir de pesca. Pero Timothy sabía que no eran palabras de mamá. Las palabras eran de papá, y las dijo mamá en vez de él.
Papá restregó los pies en un montón de guijarros marcianos y se mostró de acuerdo. Siguió un alboroto y un griterío; el campamento quedó reducido rápidamente a cápsulas y cajas. Mamá se puso un pantalón de viaje y una blusa, y papá llenó la pipa con dedos temblorosos, mirando fijamente el cielo marciano, y los tres chicos se apilaron gritando en la lancha de motor, y ninguno de ellos, excepto Timothy, se ocupó de mamá y de papá.
Papá apretó un botón. El motor emitió un zumbido que se elevó en el aire. El agua se agitó detrás, la lancha se precipitó hacia delante, y la familia gritó:
—¡Hurra!
Timothy, sentado a popa, puso dos deditos sobre los velludos  dedos de papá y miró cómo se retorcía el canal y cómo se alejaban del lugar en ruinas adonde habían llegado en el pequeño cohete, directamente desde la Tierra.
Recordaba aún la noche anterior a la partida, las prisas y los afanes, el cohete que papá había encontrado en alguna parte, de algún modo, y aquella idea de pasar unas vacaciones en Marte. Marte estaba demasiado lejos para ir de vacaciones, pero Timothy pensó en sus hermanos menores y no dijo nada. Habían llegado a Marte, y ahora iban a pescar. Así decían al menos.
La lancha remontaba el canal. La mirada de papá era muy extraña, y Timothy no la podía entender. Era una mirada brillante, y quizá también aliviada; le arrugaba la cara en una mueca de risa más que de preocupación o de tristeza.
El cohete, ya casi frío, desapareció detrás de una curva.
—¿Durará mucho el paseo? —preguntó Robert.
La mano le saltaba como un cangrejito sobre el agua violeta.
Papá suspiró:
—Un millón de años.
—¡Zas! —dijo Robert.
—Mirad, chicos. —Mamá extendió un brazo largo y suave—. Una ciudad muerta.
Los chicos miraron con una expectación fervorosa, y la ciudad muerta estaba allí, muerta sólo para ellos, adormilada en el cálido silencio estival puesto allí por algún marciano hacedor de climas.
Y papá miró la ciudad como si le gustase que estuviera muerta.
Eran unas pocas piedras rosadas, dormidas sobre unas dunas; unas columnas caídas, un templo solitario, y más allá otra vez las extensiones de arena. Nada más, un desierto blanco a lo largo del canal, y encima un desierto azul.
De repente un pájaro atravesó el espacio, como una piedra lanzada a un lago celeste; golpeó, se hundió y desapareció.
Papá lo miró con ojos asustados.
—Creí que era un cohete.
Timothy observó el profundo océano del cielo, tratando de ver la Tierra en llamas, las ciudades en ruinas y los hombres que no dejaban de matarse unos a otros. Pero no vio nada. La guerra era algo tan apartado y lejano como el duelo a muerte de dos moscas bajo la nave de una enorme catedral silenciosa; e igualmente absurda.
William Thomas se enjugó la frente y sintió en el brazo la mano de Timothy, como una tarántula joven, arrobada.
—¿Qué tal, Timmy?
—Muy bien, papá.
Timothy no alcanzaba a imaginar qué estaba funcionando ahora dentro de ese vasto mecanismo adulto que tenía al lado. Era un hombre de gran nariz aguileña, tostado y despellejado por el sol, de brillantes ojos azules, como las bolitas de ágata con que había jugado en la Tierra en las vacaciones de verano, y de piernas largas y gruesas como columnas envueltas en pantalones holgados.
—¿Qué miras, papá?
—Estoy buscando lógica terrestre, sentido común, gobierno honesto, paz y responsabilidad.
—¿Todas esas cosas están allá arriba?
—No. No las he encontrado. Ya no están ahí. Y nunca volverán a estarlo. Quizá nunca lo estuvieron.
—¿Eh?
—Mira el pez —dijo papá señalando el agua.
Se oyó un clamor de voces de soprano. Los tres chicos doblaron los cuellos delgados sobre el canal, sacudiendo la lancha, diciendo «¡oh!» y «¡ah!».
Un anillado pez de plata nadaba junto a ellos. De pronto onduló y se cerró como un iris, devorando unos trocitos de comida.
Papá miró el pez y dijo con voz grave y serena:
—Es como la guerra. La guerra avanza nadando, ve un poco de comida, y se contrae. Un momento después... ya no hay Tierra.
—William —dijo mamá.
—Perdona —dijo papá.
Inmóviles, en silencio, miraron pasar las aguas del canal, frescas, veloces y cristalinas. Sólo se oía el zumbido del motor, el deslizamiento del agua, el sol que dilataba el aire.
—¿Cuándo veremos a los marcianos? —preguntó Michael.
—Quizá muy pronto —dijo papá—. Esta noche tal vez.
—Oh, pero los marcianos son una raza muerta —dijo mamá.
—No, no es cierto. Yo os enseñaré algunos marcianos —replicó papá.
Timothy frunció las cejas, pero no dijo nada. Todo era muy raro ahora. Las vacaciones y la pesca y las miradas que se cruzaba la gente.
Los otros dos chicos ya estaban buscando marcianos, y protegiéndose los ojos con las manitas examinaban los pétreos bordes del canal a dos metros por encima del agua.
—Pero ¿cómo son los marcianos? —preguntó Michael.
Papá se rió de un modo extraño y Timothy vio que un pulso le latía en la mejilla.
—Lo sabrás cuando los veas.
La madre era esbelta y suave, con una trenza de pelo de oro rizado en lo alto de la cabeza, como una tiara, y ojos morados, con reflejos de ámbar, del color de las aguas profundas del canal cuando la corriente se deslizaba a la sombra. Se le podían ver los pensamientos nadando como peces en los ojos; unos brillantes, otros sombríos, unos rápidos y fugaces, otros lentos y pacíficos; y a veces, como cuando miraba la Tierra, los ojos eran sólo color y nada más. Estaba sentada a proa, con una mano en el borde de la lancha y la otra sobre los oscuros pantalones azules; una línea de piel tostada por el sol le asomaba bajo la blusa, abierta como una flor blanca.
Miró hacia delante, y, como no pudo ver con claridad, miró hacia atrás, hacia su marido, y reflejado en sus ojos vio entonces lo que había delante. Y como él añadía algo de sí mismo a ese reflejo, una resuelta firmeza, la mujer se tranquilizó y la aceptó, y se volvió otra vez, comprendiendo de pronto dónde tenía que buscar.
Timothy miraba también. Pero sólo veía un canal recto, como una línea de lápiz violeta que cruzaba un valle amplio y poco profundo; las colinas antiguas y bajas se extendían hasta el borde del cielo. Y el canal continuaba, atravesando unas ciudades que habrían sonado como escarabajos dentro de una calavera si alguien las hubiese sacudido. Eran cien o doscientas ciudades que dormían envueltas en los sueños de los tibios días del verano y en los sueños de las noches frías de invierno...
La familia había viajado millones de kilómetros para esto: una excursión de pesca. Pero en el cohete tenían un arma. Era una excursión, pero ¿para qué habían escondido tanta comida cerca del cohete? Vacaciones. Pero detrás del velo de las vacaciones no había caras dulces y risueñas, sino algo duro y huesudo y quizá terrible. Timothy no podía levantar ese velo, y los otros dos chicos estaban ocupados ahora, pues sólo tenían diez, y ocho años.
Robert apoyó la barbilla en forma de V en el hueco de las manos y observó con ojos muy abiertos las orillas del canal.
—No veo marcianos todavía.
Papá había traído una radio atómica de pulsera. Funcionaba según un anticuado principio: se aplicaba contra los huesos del oído y vibraba cantando o hablando. Papá la escuchaba con un rostro que parecía una ciudad marciana en ruinas: pálido, enjuto y seco, casi muerto.
Luego pasó el aparato de radio a mamá. Mamá escuchó con la boca abierta.
—¿Qué... ? —empezó a preguntar Timothy, pero no terminó lo que quería decir.
En ese momento se oyeron dos titánicas explosiones que los sacudieron hasta los tuétanos, seguidas de una media docena de débiles temblores.
Alzando bruscamente la cabeza, papá aumentó en seguida la velocidad de la lancha. La lancha saltó y se torció y voló. Esto acabó con los temores de Robert, y Michael, dando gritos de miedo y sorprendida alegría, se abrazó a las piernas de mamá y miró el agua que le pasaba por debajo de la nariz en un alborotado torrente.
Papá desvió la lancha, aminoró la velocidad, y llevó la embarcación por un canal estrecho hasta debajo de un antiguo y ruinoso muelle de piedra que olía a carne de crustáceo. La lancha golpeó el muelle, y todos fueron despedidos hacia delante, pero nadie se lastimó, y papá se inclinó en seguida sobre la borda para ver si los rizos del agua borraban la estela de la lancha. Las ondas del canal se entrecruzaron, golpearon las piedras, retrocedieron encontrándose otra vez, se detuvieron, moteadas por el sol. Desaparecieron.
Papá escuchó. Todos escucharon.
La respiración de papá resonaba como si unos puños golpearan las húmedas y frías piedras del muelle. En la sombra, los ojos de gato de mamá observaban a papá buscando algún indicio de lo que iba a pasar ahora.
Papá se tranquilizó y suspiró, riéndose de sí mismo.
—Era el cohete, por supuesto. Estoy cada vez más nervioso. El cohete.
—¿Qué ha pasado, papá, qué ha pasado? —preguntó Michael.
—Nada, que hemos volado el cohete —dijo Timothy tratando de hablar en un tono indiferente—. He oído antes ese ruido, en la Tierra. El cohete estalló.
—¿Por qué volamos el cohete? —preguntó Michael—. ¿Eh, papá?
—Es parte del juego, tonto —dijo Timothy.
La palabra entusiasmó a Michael y a Robert.
—¡Un juego!
—Papá lo arregló para que estallara. Así nadie puede saber dónde estamos. Por si vienen a buscarnos, ¿entiendes?
—¡Qué bien! ¡Un secreto!
—Asustado por mi propio cohete —le dijo papá a mamá—. Estoy muy nervioso. Es tonto pensar en otros cohetes. Quizás uno... Si Edward y su mujer consiguieron salir de la Tierra.
Se llevó otra vez el diminuto aparato de radio a la oreja. Dos minutos después, dejó caer la mano como quien deja caer un trapo.
—Por fin se acabó —le dijo a mamá—. La radio acaba de perder la onda atómica. Ya no hay más estaciones en el mundo. Sólo quedaban dos en estos últimos años. Todas callaron ahora, y así seguirán probablemente.
—¿Por cuánto tiempo, papá? —preguntó Robert.
—Quizá vuestros bisnietos vuelvan a oírlas —contestó papá, y tuvo una sensación de terror, derrota y resignación que alcanzó a los niños.
Finalmente papá guió otra vez la lancha hacia el canal y continuaron el paseo.
Se hacía tarde. El sol descendía. Una hilera de ciudades muertas se extendía delante de ellos a lo largo del canal.
Papá les habló a sus hijos muy serenamente y en voz baja. Muchas veces, en otros tiempos, se había mostrado inaccesible y severo, pero ahora les hablaba acariciándoles la cabeza. Los niños lo notaron.
—Mike, elige una ciudad.
—¿Qué papá?
—Elige una ciudad. Cualquiera.
—Bueno —dijo Michael—. ¿Cómo la elijo?
—Elige la que más te guste. Y vosotros, Robert, Tim, elegid también la que más os guste.
—Yo quiero una ciudad con marcianos —dijo Michael.
—La tendrás —dijo papá—. Te lo prometo.
Hablaba con los chicos, pero miraba a mamá.
En veinte minutos pasaron ante seis ciudades. Papá no volvió a hablar de explosiones. Prefería, aparentemente, divertirse con sus hijos, verlos reír, a cualquier otra cosa.
A Michael le gustó la primera ciudad, pero los demás no le hicieron caso, pues no confiaban en juicios apresurados. La segunda ciudad no le gustó a nadie. Era un campamento terrestre de casas de madera que ya estaba convirtiéndose en serrín. La tercera le gustó a Timothy porque era grande. La cuarta y la quinta eran demasiado pequeñas, y la sexta provocó la admiración de todos, incluso de mamá, que se sumó a los «¡ah!» y «¡oh!» y a los «¡mirad eso!».
Era una ciudad de cincuenta o sesenta enormes estructuras, en pie todavía; había polvo en las calles de piedra, uno o dos surtidores latían aún en las plazas. Lo único vivo: unos chorros de agua a la luz de la tarde.
—Ésta es la ciudad —dijeron todos.
Papá guió la lancha hacia un muelle y desembarcó de un salto.
—Ya estamos. Esto es nuestro. Aquí viviremos desde ahora.
—¿Desde ahora? —exclamó Michael, incrédulo, poniéndose de pie. Miró la ciudad y se volvió parpadeando hacia el lugar donde había estado el cohete—. ¿Y el cohete? ¿Y Minnesota?
—Aquí —dijo papá, y tocó con el aparatito de radio la cabeza rubia de Michael—. Escucha.
Michael escuchó.
—Nada —dijo.
—Eso es. Nada. Nada, para siempre. No más Minneapolis, no más cohetes, no más Tierra.
Michael meditó unos instantes en la fatal revelación y rompió en unos sollozos entrecortados.
—Espera, Mike —le dijo papá en seguida—. Te doy mucho más a cambio.
Michael, intrigado, contuvo las lágrimas, aunque dispuesto a continuar si la nueva revelación de papá era tan desconcertante como la primera.
—Te doy esta ciudad, Mike. Es tuya.
—¿Mía?
—Sí, de los tres: tuya y de Robert y de Timothy. Exclusivamente vuestra.
Timothy saltó de la lancha.
—¡Todo es nuestro, todo!
Continuaba jugando con papá, y jugaba a fondo y bien. Más tarde, cuando todo concluyera y se aclarara, podría separarse de los demás y llorar a solas diez minutos. Pero ahora era todavía un juego, una excursión familiar, y los otros dos chicos tenían que seguir jugando.
Mike y Robert saltaron de la lancha y ayudaron a mamá.
—Cuidado con vuestra hermana —dijo papá, y nadie supo, hasta más tarde, lo que quería decir.
Entraron en la vasta ciudad de piedra rosada, hablándose en voz baja, pues las ciudades muertas invitan a hablar en voz baja, y observaron la puesta del sol.
—Dentro de unos cinco días —dijo papá— volveré al lugar donde estaba el cohete y recogeré la comida escondida en las ruinas y la traeré aquí. Después buscaré a Bert Edwards, su mujer y sus hijas.
—¿Hijas? —preguntó Timothy—. ¿Cuántas?
—Cuatro.
—Ya veo que eso nos traerá preocupaciones —dijo mamá meneando la cabeza.
—Chicas —dijo Michael, y torció la cara como una vieja y pétrea imagen marciana—. Chicas.
—¿También vienen en cohete?
—Sí. Si consiguen llegar. Los cohetes familiares se construyen para ir a la Luna, no a Marte. Nosotros tuvimos suerte.
—¿Dónde conseguiste el cohete? —susurró Timothy mientras los otros dos chicos corrían adelantándose.
—Lo guardé durante veinte años, Tim. Lo escondí, esperando no tener que usarlo. Supongo que tenía que habérselo entregado al gobierno, para la guerra, pero pensaba constantemente en Marte...
—Y en un picnic.
—Eso es. Esto queda entre nosotros. Cuando vi que todo acababa en la Tierra, y después de haber esperado hasta el último momento, embarqué a la familia. También Bert Edwards tenía escondido un cohete, pero nos pareció mejor no partir juntos, por si alguien intentaba derribarnos a tiros.
—¿Por qué volaste el cohete, papá?
—Para que nunca podamos volver. Y de este modo, además, si alguno de aquellos malvados viene a Marte, no sabrá que estamos aquí.
—¿Por eso miras siempre el cielo?
—Sí, es una tontería. No nos seguirán nunca. No tienen con qué seguirnos. Me preocupo demasiado, eso es todo.
Michael volvió corriendo.
—¿Esta ciudad es de veras nuestra, papá?
—Todo el planeta es nuestro, hijos. Todo el bendito planeta.
Allí estaban, el Rey de la Colina, el Señor de las Ruinas, el Dueño de Todo, los monarcas y presidentes irrevocables, tratando de comprender qué significaba ser dueños de un mundo, y qué grande era realmente un mundo.
La noche cayó rápidamente en la delgada atmósfera, y papá los dejó en la plaza, junto al surtidor intermitente, llegó hasta la embarcación, y volvió con un paquete de papeles en las manos.
Amontonó los papeles en un viejo patio y los encendió. Todos se agacharon alrededor de las llamas calentándose y riéndose, y Timothy vio que cuando el fuego las alcanzaba, las letritas saltaban como animales asustados. Los papeles crepitaron como la piel de un hombre viejo, y la hoguera envolvió innumerables palabras:
«TÍTULOS DEL GOBIERNO; Gráficas comerciales e industriales, 1999; Prejuicios religiosos, ensayo: La ciencia de la logística; Problemas de la Unidad Americana; Informe sobre reservas, 3 de julio de 1998; Resumen de la guerra...»
Papá había insistido en traer estos papeles, con este propósito. Los fue arrojando al fuego, uno a uno, con aire de satisfacción y explicó a los chicos qué significaba todo eso.
—Ya es hora de que os diga unas pocas cosas. No fue justo, me parece, que os las haya ocultado. No sé si entenderéis, pero tengo que decirlo, aunque sólo entendáis una parte.
Arrojó una hoja al fuego.
—Estoy quemando toda una manera de vivir, de la misma forma que otra manera de vivir se quema ahora en la Tierra. Perdonadme si os hablo como un político, pero al fin y al cabo soy un ex gobernador; un gobernador honesto, por eso me odiaron. La vida en la Tierra nunca fue nada bueno. La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra. Por eso han callado las radios. Por eso hemos huido...
»Hemos tenido suerte. No quedan más cohetes. Ya es hora de que sepáis que esto no es una excursión de pesca. He ido demorando el momento de decirlo. La Tierra ya no existe; ya no habrá viajes interplanetarios, durante muchos siglos, quizá nunca. Aquella manera de vivir fracasó, y se estranguló con sus propias manos. Sois jóvenes. Os repetiré estas palabras, todos los días, hasta que entren en vosotros.
Hizo una pausa y alimentó el fuego con otros papeles.
—Estamos solos. Nosotros y algunos más que llegarán dentro de unos días. Somos bastantes para empezar de nuevo. Bastantes para volver la espalda a la Tierra y emprender un nuevo camino...
Las llamas se elevaron subrayando lo que decía papá. Y luego todos los papeles desaparecieron, menos uno. Todas las leyes de la Tierra fueron unos pequeños montículos de ceniza caliente que pronto se llevaría el viento.
Timothy miró el papel que papá arrojaba al fuego. Era un mapa del mundo. El mapa se arrugó y retorció entre las llamas, y desapareció como una mariposa negra y ardiente. Timothy volvió la cabeza.
—Ahora, os voy a mostrar los marcianos. Venid todos. Ven, Alice —dijo papá tomando a mamá de la mano.
Michael lloraba ruidosamente, y papá lo alzó en brazos y todos caminaron por entre las ruinas, hacia el canal.
El canal. Por donde mañana, o pasado mañana, vendrían en bote las futuras esposas, unas niñitas sonrientes, acompañadas de sus padres.
La noche cayó envolviéndolos, y aparecieron las estrellas. Pero Timothy no encontraba la Tierra en el cielo. Se había puesto. Era algo que hacía pensar.
Un pájaro nocturno gritó entre las ruinas.
—Vuestra madre y yo procuraremos instruiros —dijo papá—. Tal vez fracasemos, pero espero que no. Hemos visto muchas cosas y hemos aprendido mucho. Este viaje lo planeamos hace varios años, antes de que naciérais. Creo que aunque no hubiese estallado la guerra habríamos venido a Marte y habríamos organizado aquí nuestra vida. La civilización terrestre no hubiese podido envenenar a Marte en menos de un siglo. Ahora, por supuesto...
Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.
—Siempre quise ver un marciano —dijo Michael—. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
—Ahí están —dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.
Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.
Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada...
..."

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