jueves, 7 de junio de 2012

Otros Mundos (X): El Picnic de un millón de años


 

(Ray, grande Ray Bradbury... )

 

EL PICNIC DE UN MILLÓN DE AÑOS.

Ray Bradbury 
De algún modo mamá tuvo la idea de que quizás a todos les gustaría ir de pesca. Pero Timothy sabía que no eran palabras de mamá. Las palabras eran de papá, y las dijo mamá en vez de él.
Papá restregó los pies en un montón de guijarros marcianos y se mostró de acuerdo. Siguió un alboroto y un griterío; el campamento quedó reducido rápidamente a cápsulas y cajas. Mamá se puso un pantalón de viaje y una blusa, y papá llenó la pipa con dedos temblorosos, mirando fijamente el cielo marciano, y los tres chicos se apilaron gritando en la lancha de motor, y ninguno de ellos, excepto Timothy, se ocupó de mamá y de papá.
Papá apretó un botón. El motor emitió un zumbido que se elevó en el aire. El agua se agitó detrás, la lancha se precipitó hacia delante, y la familia gritó:
—¡Hurra!
Timothy, sentado a popa, puso dos deditos sobre los velludos  dedos de papá y miró cómo se retorcía el canal y cómo se alejaban del lugar en ruinas adonde habían llegado en el pequeño cohete, directamente desde la Tierra.
Recordaba aún la noche anterior a la partida, las prisas y los afanes, el cohete que papá había encontrado en alguna parte, de algún modo, y aquella idea de pasar unas vacaciones en Marte. Marte estaba demasiado lejos para ir de vacaciones, pero Timothy pensó en sus hermanos menores y no dijo nada. Habían llegado a Marte, y ahora iban a pescar. Así decían al menos.
La lancha remontaba el canal. La mirada de papá era muy extraña, y Timothy no la podía entender. Era una mirada brillante, y quizá también aliviada; le arrugaba la cara en una mueca de risa más que de preocupación o de tristeza.
El cohete, ya casi frío, desapareció detrás de una curva.
—¿Durará mucho el paseo? —preguntó Robert.
La mano le saltaba como un cangrejito sobre el agua violeta.
Papá suspiró:
—Un millón de años.
—¡Zas! —dijo Robert.
—Mirad, chicos. —Mamá extendió un brazo largo y suave—. Una ciudad muerta.
Los chicos miraron con una expectación fervorosa, y la ciudad muerta estaba allí, muerta sólo para ellos, adormilada en el cálido silencio estival puesto allí por algún marciano hacedor de climas.
Y papá miró la ciudad como si le gustase que estuviera muerta.
Eran unas pocas piedras rosadas, dormidas sobre unas dunas; unas columnas caídas, un templo solitario, y más allá otra vez las extensiones de arena. Nada más, un desierto blanco a lo largo del canal, y encima un desierto azul.
De repente un pájaro atravesó el espacio, como una piedra lanzada a un lago celeste; golpeó, se hundió y desapareció.
Papá lo miró con ojos asustados.
—Creí que era un cohete.
Timothy observó el profundo océano del cielo, tratando de ver la Tierra en llamas, las ciudades en ruinas y los hombres que no dejaban de matarse unos a otros. Pero no vio nada. La guerra era algo tan apartado y lejano como el duelo a muerte de dos moscas bajo la nave de una enorme catedral silenciosa; e igualmente absurda.
William Thomas se enjugó la frente y sintió en el brazo la mano de Timothy, como una tarántula joven, arrobada.
—¿Qué tal, Timmy?
—Muy bien, papá.
Timothy no alcanzaba a imaginar qué estaba funcionando ahora dentro de ese vasto mecanismo adulto que tenía al lado. Era un hombre de gran nariz aguileña, tostado y despellejado por el sol, de brillantes ojos azules, como las bolitas de ágata con que había jugado en la Tierra en las vacaciones de verano, y de piernas largas y gruesas como columnas envueltas en pantalones holgados.
—¿Qué miras, papá?
—Estoy buscando lógica terrestre, sentido común, gobierno honesto, paz y responsabilidad.
—¿Todas esas cosas están allá arriba?
—No. No las he encontrado. Ya no están ahí. Y nunca volverán a estarlo. Quizá nunca lo estuvieron.
—¿Eh?
—Mira el pez —dijo papá señalando el agua.
Se oyó un clamor de voces de soprano. Los tres chicos doblaron los cuellos delgados sobre el canal, sacudiendo la lancha, diciendo «¡oh!» y «¡ah!».
Un anillado pez de plata nadaba junto a ellos. De pronto onduló y se cerró como un iris, devorando unos trocitos de comida.
Papá miró el pez y dijo con voz grave y serena:
—Es como la guerra. La guerra avanza nadando, ve un poco de comida, y se contrae. Un momento después... ya no hay Tierra.
—William —dijo mamá.
—Perdona —dijo papá.
Inmóviles, en silencio, miraron pasar las aguas del canal, frescas, veloces y cristalinas. Sólo se oía el zumbido del motor, el deslizamiento del agua, el sol que dilataba el aire.
—¿Cuándo veremos a los marcianos? —preguntó Michael.
—Quizá muy pronto —dijo papá—. Esta noche tal vez.
—Oh, pero los marcianos son una raza muerta —dijo mamá.
—No, no es cierto. Yo os enseñaré algunos marcianos —replicó papá.
Timothy frunció las cejas, pero no dijo nada. Todo era muy raro ahora. Las vacaciones y la pesca y las miradas que se cruzaba la gente.
Los otros dos chicos ya estaban buscando marcianos, y protegiéndose los ojos con las manitas examinaban los pétreos bordes del canal a dos metros por encima del agua.
—Pero ¿cómo son los marcianos? —preguntó Michael.
Papá se rió de un modo extraño y Timothy vio que un pulso le latía en la mejilla.
—Lo sabrás cuando los veas.
La madre era esbelta y suave, con una trenza de pelo de oro rizado en lo alto de la cabeza, como una tiara, y ojos morados, con reflejos de ámbar, del color de las aguas profundas del canal cuando la corriente se deslizaba a la sombra. Se le podían ver los pensamientos nadando como peces en los ojos; unos brillantes, otros sombríos, unos rápidos y fugaces, otros lentos y pacíficos; y a veces, como cuando miraba la Tierra, los ojos eran sólo color y nada más. Estaba sentada a proa, con una mano en el borde de la lancha y la otra sobre los oscuros pantalones azules; una línea de piel tostada por el sol le asomaba bajo la blusa, abierta como una flor blanca.
Miró hacia delante, y, como no pudo ver con claridad, miró hacia atrás, hacia su marido, y reflejado en sus ojos vio entonces lo que había delante. Y como él añadía algo de sí mismo a ese reflejo, una resuelta firmeza, la mujer se tranquilizó y la aceptó, y se volvió otra vez, comprendiendo de pronto dónde tenía que buscar.
Timothy miraba también. Pero sólo veía un canal recto, como una línea de lápiz violeta que cruzaba un valle amplio y poco profundo; las colinas antiguas y bajas se extendían hasta el borde del cielo. Y el canal continuaba, atravesando unas ciudades que habrían sonado como escarabajos dentro de una calavera si alguien las hubiese sacudido. Eran cien o doscientas ciudades que dormían envueltas en los sueños de los tibios días del verano y en los sueños de las noches frías de invierno...
La familia había viajado millones de kilómetros para esto: una excursión de pesca. Pero en el cohete tenían un arma. Era una excursión, pero ¿para qué habían escondido tanta comida cerca del cohete? Vacaciones. Pero detrás del velo de las vacaciones no había caras dulces y risueñas, sino algo duro y huesudo y quizá terrible. Timothy no podía levantar ese velo, y los otros dos chicos estaban ocupados ahora, pues sólo tenían diez, y ocho años.
Robert apoyó la barbilla en forma de V en el hueco de las manos y observó con ojos muy abiertos las orillas del canal.
—No veo marcianos todavía.
Papá había traído una radio atómica de pulsera. Funcionaba según un anticuado principio: se aplicaba contra los huesos del oído y vibraba cantando o hablando. Papá la escuchaba con un rostro que parecía una ciudad marciana en ruinas: pálido, enjuto y seco, casi muerto.
Luego pasó el aparato de radio a mamá. Mamá escuchó con la boca abierta.
—¿Qué... ? —empezó a preguntar Timothy, pero no terminó lo que quería decir.
En ese momento se oyeron dos titánicas explosiones que los sacudieron hasta los tuétanos, seguidas de una media docena de débiles temblores.
Alzando bruscamente la cabeza, papá aumentó en seguida la velocidad de la lancha. La lancha saltó y se torció y voló. Esto acabó con los temores de Robert, y Michael, dando gritos de miedo y sorprendida alegría, se abrazó a las piernas de mamá y miró el agua que le pasaba por debajo de la nariz en un alborotado torrente.
Papá desvió la lancha, aminoró la velocidad, y llevó la embarcación por un canal estrecho hasta debajo de un antiguo y ruinoso muelle de piedra que olía a carne de crustáceo. La lancha golpeó el muelle, y todos fueron despedidos hacia delante, pero nadie se lastimó, y papá se inclinó en seguida sobre la borda para ver si los rizos del agua borraban la estela de la lancha. Las ondas del canal se entrecruzaron, golpearon las piedras, retrocedieron encontrándose otra vez, se detuvieron, moteadas por el sol. Desaparecieron.
Papá escuchó. Todos escucharon.
La respiración de papá resonaba como si unos puños golpearan las húmedas y frías piedras del muelle. En la sombra, los ojos de gato de mamá observaban a papá buscando algún indicio de lo que iba a pasar ahora.
Papá se tranquilizó y suspiró, riéndose de sí mismo.
—Era el cohete, por supuesto. Estoy cada vez más nervioso. El cohete.
—¿Qué ha pasado, papá, qué ha pasado? —preguntó Michael.
—Nada, que hemos volado el cohete —dijo Timothy tratando de hablar en un tono indiferente—. He oído antes ese ruido, en la Tierra. El cohete estalló.
—¿Por qué volamos el cohete? —preguntó Michael—. ¿Eh, papá?
—Es parte del juego, tonto —dijo Timothy.
La palabra entusiasmó a Michael y a Robert.
—¡Un juego!
—Papá lo arregló para que estallara. Así nadie puede saber dónde estamos. Por si vienen a buscarnos, ¿entiendes?
—¡Qué bien! ¡Un secreto!
—Asustado por mi propio cohete —le dijo papá a mamá—. Estoy muy nervioso. Es tonto pensar en otros cohetes. Quizás uno... Si Edward y su mujer consiguieron salir de la Tierra.
Se llevó otra vez el diminuto aparato de radio a la oreja. Dos minutos después, dejó caer la mano como quien deja caer un trapo.
—Por fin se acabó —le dijo a mamá—. La radio acaba de perder la onda atómica. Ya no hay más estaciones en el mundo. Sólo quedaban dos en estos últimos años. Todas callaron ahora, y así seguirán probablemente.
—¿Por cuánto tiempo, papá? —preguntó Robert.
—Quizá vuestros bisnietos vuelvan a oírlas —contestó papá, y tuvo una sensación de terror, derrota y resignación que alcanzó a los niños.
Finalmente papá guió otra vez la lancha hacia el canal y continuaron el paseo.
Se hacía tarde. El sol descendía. Una hilera de ciudades muertas se extendía delante de ellos a lo largo del canal.
Papá les habló a sus hijos muy serenamente y en voz baja. Muchas veces, en otros tiempos, se había mostrado inaccesible y severo, pero ahora les hablaba acariciándoles la cabeza. Los niños lo notaron.
—Mike, elige una ciudad.
—¿Qué papá?
—Elige una ciudad. Cualquiera.
—Bueno —dijo Michael—. ¿Cómo la elijo?
—Elige la que más te guste. Y vosotros, Robert, Tim, elegid también la que más os guste.
—Yo quiero una ciudad con marcianos —dijo Michael.
—La tendrás —dijo papá—. Te lo prometo.
Hablaba con los chicos, pero miraba a mamá.
En veinte minutos pasaron ante seis ciudades. Papá no volvió a hablar de explosiones. Prefería, aparentemente, divertirse con sus hijos, verlos reír, a cualquier otra cosa.
A Michael le gustó la primera ciudad, pero los demás no le hicieron caso, pues no confiaban en juicios apresurados. La segunda ciudad no le gustó a nadie. Era un campamento terrestre de casas de madera que ya estaba convirtiéndose en serrín. La tercera le gustó a Timothy porque era grande. La cuarta y la quinta eran demasiado pequeñas, y la sexta provocó la admiración de todos, incluso de mamá, que se sumó a los «¡ah!» y «¡oh!» y a los «¡mirad eso!».
Era una ciudad de cincuenta o sesenta enormes estructuras, en pie todavía; había polvo en las calles de piedra, uno o dos surtidores latían aún en las plazas. Lo único vivo: unos chorros de agua a la luz de la tarde.
—Ésta es la ciudad —dijeron todos.
Papá guió la lancha hacia un muelle y desembarcó de un salto.
—Ya estamos. Esto es nuestro. Aquí viviremos desde ahora.
—¿Desde ahora? —exclamó Michael, incrédulo, poniéndose de pie. Miró la ciudad y se volvió parpadeando hacia el lugar donde había estado el cohete—. ¿Y el cohete? ¿Y Minnesota?
—Aquí —dijo papá, y tocó con el aparatito de radio la cabeza rubia de Michael—. Escucha.
Michael escuchó.
—Nada —dijo.
—Eso es. Nada. Nada, para siempre. No más Minneapolis, no más cohetes, no más Tierra.
Michael meditó unos instantes en la fatal revelación y rompió en unos sollozos entrecortados.
—Espera, Mike —le dijo papá en seguida—. Te doy mucho más a cambio.
Michael, intrigado, contuvo las lágrimas, aunque dispuesto a continuar si la nueva revelación de papá era tan desconcertante como la primera.
—Te doy esta ciudad, Mike. Es tuya.
—¿Mía?
—Sí, de los tres: tuya y de Robert y de Timothy. Exclusivamente vuestra.
Timothy saltó de la lancha.
—¡Todo es nuestro, todo!
Continuaba jugando con papá, y jugaba a fondo y bien. Más tarde, cuando todo concluyera y se aclarara, podría separarse de los demás y llorar a solas diez minutos. Pero ahora era todavía un juego, una excursión familiar, y los otros dos chicos tenían que seguir jugando.
Mike y Robert saltaron de la lancha y ayudaron a mamá.
—Cuidado con vuestra hermana —dijo papá, y nadie supo, hasta más tarde, lo que quería decir.
Entraron en la vasta ciudad de piedra rosada, hablándose en voz baja, pues las ciudades muertas invitan a hablar en voz baja, y observaron la puesta del sol.
—Dentro de unos cinco días —dijo papá— volveré al lugar donde estaba el cohete y recogeré la comida escondida en las ruinas y la traeré aquí. Después buscaré a Bert Edwards, su mujer y sus hijas.
—¿Hijas? —preguntó Timothy—. ¿Cuántas?
—Cuatro.
—Ya veo que eso nos traerá preocupaciones —dijo mamá meneando la cabeza.
—Chicas —dijo Michael, y torció la cara como una vieja y pétrea imagen marciana—. Chicas.
—¿También vienen en cohete?
—Sí. Si consiguen llegar. Los cohetes familiares se construyen para ir a la Luna, no a Marte. Nosotros tuvimos suerte.
—¿Dónde conseguiste el cohete? —susurró Timothy mientras los otros dos chicos corrían adelantándose.
—Lo guardé durante veinte años, Tim. Lo escondí, esperando no tener que usarlo. Supongo que tenía que habérselo entregado al gobierno, para la guerra, pero pensaba constantemente en Marte...
—Y en un picnic.
—Eso es. Esto queda entre nosotros. Cuando vi que todo acababa en la Tierra, y después de haber esperado hasta el último momento, embarqué a la familia. También Bert Edwards tenía escondido un cohete, pero nos pareció mejor no partir juntos, por si alguien intentaba derribarnos a tiros.
—¿Por qué volaste el cohete, papá?
—Para que nunca podamos volver. Y de este modo, además, si alguno de aquellos malvados viene a Marte, no sabrá que estamos aquí.
—¿Por eso miras siempre el cielo?
—Sí, es una tontería. No nos seguirán nunca. No tienen con qué seguirnos. Me preocupo demasiado, eso es todo.
Michael volvió corriendo.
—¿Esta ciudad es de veras nuestra, papá?
—Todo el planeta es nuestro, hijos. Todo el bendito planeta.
Allí estaban, el Rey de la Colina, el Señor de las Ruinas, el Dueño de Todo, los monarcas y presidentes irrevocables, tratando de comprender qué significaba ser dueños de un mundo, y qué grande era realmente un mundo.
La noche cayó rápidamente en la delgada atmósfera, y papá los dejó en la plaza, junto al surtidor intermitente, llegó hasta la embarcación, y volvió con un paquete de papeles en las manos.
Amontonó los papeles en un viejo patio y los encendió. Todos se agacharon alrededor de las llamas calentándose y riéndose, y Timothy vio que cuando el fuego las alcanzaba, las letritas saltaban como animales asustados. Los papeles crepitaron como la piel de un hombre viejo, y la hoguera envolvió innumerables palabras:
«TÍTULOS DEL GOBIERNO; Gráficas comerciales e industriales, 1999; Prejuicios religiosos, ensayo: La ciencia de la logística; Problemas de la Unidad Americana; Informe sobre reservas, 3 de julio de 1998; Resumen de la guerra...»
Papá había insistido en traer estos papeles, con este propósito. Los fue arrojando al fuego, uno a uno, con aire de satisfacción y explicó a los chicos qué significaba todo eso.
—Ya es hora de que os diga unas pocas cosas. No fue justo, me parece, que os las haya ocultado. No sé si entenderéis, pero tengo que decirlo, aunque sólo entendáis una parte.
Arrojó una hoja al fuego.
—Estoy quemando toda una manera de vivir, de la misma forma que otra manera de vivir se quema ahora en la Tierra. Perdonadme si os hablo como un político, pero al fin y al cabo soy un ex gobernador; un gobernador honesto, por eso me odiaron. La vida en la Tierra nunca fue nada bueno. La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra. Por eso han callado las radios. Por eso hemos huido...
»Hemos tenido suerte. No quedan más cohetes. Ya es hora de que sepáis que esto no es una excursión de pesca. He ido demorando el momento de decirlo. La Tierra ya no existe; ya no habrá viajes interplanetarios, durante muchos siglos, quizá nunca. Aquella manera de vivir fracasó, y se estranguló con sus propias manos. Sois jóvenes. Os repetiré estas palabras, todos los días, hasta que entren en vosotros.
Hizo una pausa y alimentó el fuego con otros papeles.
—Estamos solos. Nosotros y algunos más que llegarán dentro de unos días. Somos bastantes para empezar de nuevo. Bastantes para volver la espalda a la Tierra y emprender un nuevo camino...
Las llamas se elevaron subrayando lo que decía papá. Y luego todos los papeles desaparecieron, menos uno. Todas las leyes de la Tierra fueron unos pequeños montículos de ceniza caliente que pronto se llevaría el viento.
Timothy miró el papel que papá arrojaba al fuego. Era un mapa del mundo. El mapa se arrugó y retorció entre las llamas, y desapareció como una mariposa negra y ardiente. Timothy volvió la cabeza.
—Ahora, os voy a mostrar los marcianos. Venid todos. Ven, Alice —dijo papá tomando a mamá de la mano.
Michael lloraba ruidosamente, y papá lo alzó en brazos y todos caminaron por entre las ruinas, hacia el canal.
El canal. Por donde mañana, o pasado mañana, vendrían en bote las futuras esposas, unas niñitas sonrientes, acompañadas de sus padres.
La noche cayó envolviéndolos, y aparecieron las estrellas. Pero Timothy no encontraba la Tierra en el cielo. Se había puesto. Era algo que hacía pensar.
Un pájaro nocturno gritó entre las ruinas.
—Vuestra madre y yo procuraremos instruiros —dijo papá—. Tal vez fracasemos, pero espero que no. Hemos visto muchas cosas y hemos aprendido mucho. Este viaje lo planeamos hace varios años, antes de que naciérais. Creo que aunque no hubiese estallado la guerra habríamos venido a Marte y habríamos organizado aquí nuestra vida. La civilización terrestre no hubiese podido envenenar a Marte en menos de un siglo. Ahora, por supuesto...
Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.
—Siempre quise ver un marciano —dijo Michael—. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
—Ahí están —dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.
Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.
Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada...
..."

domingo, 20 de noviembre de 2011

Estos Mundos (XV): Elecciones Generales Anticipadas


Demos la bienvenida a la nueva presidenta del gobierno.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Otros Mundos (IX): Buena Suerte



Caía la noche, a gritos callábamos el gemido de las farolas. Tu mirada grave se detenía un momento mientras las calles temblaban. Los tambores salvajes hacían apología de una selva que ya no existe, polvo indisoluble de ancestros ya olvidados adherido a las uñas y a los ojos.

Esa noche algo se rompía, había un rumor de cuerdas vibrando, algo que apuntaba hacia un destino más lejano pero súbitamente interrumpido.

La gente se recogía aduciendo cansancio u obligaciones, el suelo contenía la respiración con la pesadez del humo y las colillas resbalando desvaídas hacia las alcantarillas voraces.

- Nos vemos pronto.

Entonces la carretera nos llevaba por caminos distintos.
Entonces se trataba de eso, de intentar cauterizar las heridas con ginebra y olvido.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Estos Mundos (XIV): Child (Sylvia Plath)




Child

Your clear eye is the one absolutely beautiful thing.
I want to fill it with color and ducks,
The zoo of the new

Whose names you meditate ---
April snowdrop, Indian pipe,
Little

Stalk without wrinkle,
Pool in which images
Should be grand and classical

Not this troublous
Wringing of hands, this dark
Ceiling without a star.



Sylvia Plath, 1963.

domingo, 5 de junio de 2011






En Damasco

Las palomas vuelan

tras la valla de seda

de dos

en dos




(Mahmoud Darwish)

viernes, 18 de marzo de 2011

Estos Mundos (XIII): 23:13


Cuelgas el teléfono. Entonces las imágenes te asaltan, sin preguntar primero. Recuerdas cuando esquivabas las líneas entre azulejos, si pisabas las baldosas rojas podías morir, aunque casi nunca pasara, aún hoy sigues incluso a veces caminando por el bordillo cuando crees que nadie mira. Los días pasaban lentos, salvo cuando sucedían hechos insólitos: la botella de cocacola que Fran llenó de amoníaco y trocitos de papel de aluminio, y que antes de cerrar con tapón empezó a producir vapores verdes y amarillos y luego se hichó como un globo antes de que el tapón saliera disparado por los aires, tu madre preguntando si habías fumado hueles a tabaco y tú no, hueles a tabaco son mis amigos, hueles a tabaco. Los castigos, las fantaseos haciendo una maleta imaginaria y absurda pensando en escapar a Siberia o a Groenlandia mejor meter la bufanda allí debería hacer mucho frío. O el gato reventado que encontramos en el arcén y que Agus colocó de nuevo en el medio de la carretera para asustar a los coches y el primer coche que falló y el segundo coche que pasó por encima del gato y el gato rebotó blandamente como si fuera de trapo, un trapo ensangrentado, y luego el malestar y las ganas de vomitar y el recordar a tu abuelo y pensar que iba a morir pronto y soñar el gato las noches que mis padres iban fuera al hospital.
Ahora es distinto, de pronto cierras un libro y te acuerdas de un amigo con el que hace casi un año decidísteis leer conjuntamente a Bolaño, y él es ahora experto en Bolaño o no se acuerda de Bolaño en absoluto y tú no has sido capaz de leer un sólo libro porque lo empezaste y luego la vorágine y el dejar los libros a medias y las películas a medias y los sueños a medias y los amigos a medias y cuando llamas es demasiado tarde porque te contesta una voz neutra una voz amigable pero neutra y a tí te duele el alma porque el tiempo no ha pasado para tí pero sí para él, para él no eres más que alguien que se olvida de sus amigos por entregarse a su trabajo y de pronto se olvida de que también sufres, que también les echas de menos, que también estás jodido.
Y te dicen que no pasa nada, que todo tiene remedio, que mañana nos tomamos una caña si quieres, que también ahora se sienten ellos culpables.
Y llegas a casa, y escuchas canciones tristes, canciones de gritos de ballenas. Y coges el disco que te grabó tu amigo y que sigues escuchando a veces, un disco que habla de seguir a los elefantes, de perderse en la selva y seguir a los elefantes, de acabar con esta ciudad perderse en la selva y seguir a los elefantes.
Y archivas esta imagen con todas las otras y te preguntas cuáles son los momentos-frontera, los instantes fugaces que delimitan las distintas etapas de tu vida, qué horas son decisivas en lo que te va configurando a lo largo de tus días. Y piensas que tal vez éste sea uno de esos momentos-frontera, pero cómo saberlo con anticipación para poder prever el siguiente, cómo hacer para que tu álbum de fotos no sea un anárquico compendio de imágenes cortadas con los dedos y los dientes, sin bordes de madera ni passepartout oscuro para que se aprecien más vivos los colores.

domingo, 2 de enero de 2011

Estos Mundos (XII): Don't Forget the Flowers.



Aún recordamos el sabor de la sangre o los metales, el peso de una tuerca o un imán en el bolsillo al andar. Aún tenemos en nuestras pupilas macilentas grabados los colores del atardecer en Chicago, en nuestros oídos caducos la voz de las sirenas cantando en lenguas germanas.

Cuando hayamos olvidado todo tal vez perdamos el orden de las cosas, la sucesión de los días, tal vez no seamos ya capaces de evocar nuestros nombres o los bares y las calles en que empezamos a querernos.

Pero tal vez aún recordemos, letra por letra, cada una de las canciones que compartimos, cada poema que leímos complusivamente en cada tarde que sentíamos proclive a disolverse entre serrín y pasos en las escaleras y cielos de colores imposibles.

Y tal vez las cantemos simultáneamente en fiestas de navidad entre sobrinos con cara de aburrimiento y nueras sonrientes que preparan cenas por algún motivo que no alcanzamos a comprender.

martes, 2 de noviembre de 2010

Estos Mundos (XI): Morgana.




If you had the possibility,
would you dare to become immortal?

jueves, 2 de septiembre de 2010

Terrario (V): Al sol.



Un día perfecto, según Susana, está hecho de sensaciones solapadas: le despierta el suave rumor de la calle bullendo vida a la vez que le llega un olor salado de tostadas en la cocina en la que alguien golpea de pronto una cuchara contra una superficie sólida de madera pero las sábanas deslizándose por sus rodillas le distraen y entonces le asalta en la calle una luz cegadora de pimientos rojos secándose al sol sobre una pared blanca inmaculada y siente el sabor en los labios del salitre y el agua fría le llega justo por encima de la pantorrila pero no se atreve a adentrarse mar adentro porque los gritos de las gaviotas la distraen y le recuerdan un día de pequeña en Alicante con su abuela que tenía la piel tan suave y era tan acogedor arrebujarse en su pecho en la siesta cálida y sudorosa tan buen contraste porque luego el mar y los helados saben mejor y como a la seda del vestido que cruje cuando se sienta a sorber un granizado de limón ya aguado que ruge por dentro de la pajita y es a la vez ese ahogarse para tratar de apurar hasta las últimas gotas heladas de sabor desvaído aspirando hacia dentro el aire como cuando él la besa de esa manera en la que ella se queda sin aliento y entonces ya sólo es el peso de Javier y los brazos de Javier rodeándola y protegiéndola y haciéndole cosquillas con la barba y con la nariz hasta que se queda dormida de puro agotamiento y fuera en la calle hay otra vida que se mueve silenciosa y sutil aunque hay comunicación igual que la hay cuando sus latidos se sincronizan y sus respiraciones les arrullan recíprocamente.

Javier opina que un día perfecto puede precipitar en imágenes: el sol cristalizado y como de fuego frío fluyendo a través de las perforaciones de la persiana con motas en suspensión, sólo en esas lanzas etéreas; la posición de Susana dormida con franjas de sol cruzando oblícuamente una de sus piernas saliendo de entre las sábanas cuando abandona sin hacer ruido la habitación; el complicado sistema de rotaciones que ejecuta un tenedor que se le cae de las manos y le recuerda a una bailarina contemporánea polaca lanzando una maza al aire y esperando a que cayera suavemente y no había nada más en ese momento que la bailarina y su proyección de movimiento, nada que se interpusiera entre ellos y la distrajera y todos se sientieron como fuera de lugar en el teatro, como observadores indiscretos; o cuando le asalta en la calle una luz cegadora de pimientos rojos secándose al sol sobre una pared blanca inmaculada; Susana entrando al agua y su piel dibujando un relieve erizado inconsciente, contrastando con el agua del mar, dos superficies incognoscibles que le fascinan aprehendiéndose una a la otra, o mientras ella con los ojos cerrados entierra los dedos en la arena y suspira mirando la espada del mar relampagueante, invitadora; el ondeo suave de la falda blanca que ella se ha puesto hoy para retar a la oscuridad de la noche cuando sorbe el granizado y pone cara de niña traviesa; su pelo desparramado sobre la almohada, sus ojos tan cerca sus ojos tan cerca sus ojos tan cerca sus ojos tan cerca y tan llenos de cansancio, de aire , de mar.

lunes, 30 de agosto de 2010

Terrario (IV): La tibieza de la madrugada incierta.


(Susana
Javier
Susana
Javier
Javier
Susana
Susana
Susana
Javier)

En el fondo todo había sido, como siempre, un cúmulo de desatinos sutilmente entrelazados, un juego de dos niños que se pelean, por turnos, para poder mover la ficha con el pie hacia donde se encontraba en ese preciso instante, en ese remanso templado y firme, ese agarradero que era estirar la mano en la noche y contener la respiración para poder escuchar el aliento tibio saliendo de la boca del otro.

lunes, 23 de agosto de 2010

El Horror (VI): Frecuencias.



a veces ocurre
todo esto se queda como vacío

o tal vez
entre un latido y otro de mis lápices
no hay más

así debe ser la locura,
un montón de partes desahuciadas

no sabemos encontrar (pero eso sólo le ocurre a los otros)
el receptor
que pueda interpretar todas las

jueves, 19 de agosto de 2010

Terrario (III): El Horror


A Javier se le agolpan las ideas, todas a un tiempo gritándole en los oídos, y entonces es el horror.
Es asistir a una manifestación de la cual desconoce los motivos porque simplemente pasaba cerca por error de cálculo y de pronto verse siguiendo un grupo con pancartas y la policía mirándole sólo a él desde detrás de esas gafas negras (horror), o es estirar el brazo desde la cama para coger el vaso de agua y beber con ansiedad esperando el alivio de las noches de verano y sentir deslizarse por la garganta junto con el agua fresca algo indeterminado, sólido, que se mueve con prisa o miedo por dentro, bajando irremediablemente por el tracto digestivo pero resistiendo, resistiendo (más horror), o es tocar con fascinación una gota de resina perfectamente ambarina y no poder luego deshacerse de ella en todo el día extendiéndose pegajosa, adhiriéndose más y más a la epidermis, incrustándose en ella e incluyendo trocitos de papel, de materia indeterminada, de color grisáceo, y frotar un dedo contra otro y sentir esa sensación, esos trenes silbando como por dentro de la cabeza. Es eso, y es también llegar al supermercado y (horror de horrores) buscar la lista de la compra, buscarla con desesperación pero sabiendo perfectamente (porque la visualiza perfectamente en el lugar donde la dejó antes de salir de casa) que no va a aparecer, aunque vacíe los bolsillos esparciendo el contenido por el suelo para diversión de la clientela que pasa cerca. El resultado: una especie de vértigo, accesos violentos de sudoración y una repentina preferencia de su rostro por los tonos verdes y blancos.
En esas situaciones siempre es necesario recurrir a Susana: incluso en los casos más difíciles ella invariablemente responde "azul", o "tres kilos", o simplemente guarda silencio con ademán divertido y consigue con ese sencillo gesto cristalizar la realidad, sublimar todas las posibilidades y todas las estereotipias en una certeza única, indiscutible. Y el tiempo vuelve a fluir de nuevo, ajeno a todo.

Susana, por su parte, encuentra en esos accesos de histeria injustificada una especie de ternura y compasión divertida, como de felicidad condensada, y asiste siempre con una alegría infinita la transmutación del rostro de Javier desde el pánico cerval al agradecimiento eterno, y a su vez Javier siempre admira esa capacidad de ella de no titubear, de ser capaz de perforar lo que parece un atisbo de realidad y que en el fondo es un engaño de lo más sutil y autocomplaciente.

Y así van poco a poco necesitándose cada vez más ("¿pero aún estáis en esa fase?"): Susana ávida de certezas y sirviéndole de referencia para no dejarle alejarse demasiado de la realidad y Javier construyendo pequeñas filigranas etéreas y alterando a todo el mundo con sus caprichos y sus obsesiones y sus manías pero también llenando de sonidos y colores nuevos todo ese espacio tan silencioso entre las cortinas que impone la rutina y la decencia ("¡...y la decencia, joven!")

miércoles, 11 de agosto de 2010

Terrario (II): Señas de Identidad


Susana se despereza en la cama, estira los brazos, entreabre un ojo.
Roberto dice: ¿Te apetece que repitamos?
María dice: ¿Soy la primera?
Javi dice: ¡Buenos días, princesa!
Gonza dice: Lo siento, nunca me había pasado

Mira hacia la ventana, saca una pierna de entre las sábanas, ronronea perezosamente.
Roberto no dice nada.
María dice: ¿Puedo fumar?
Javi dice: He soñado con un grifo abierto, luego ha resultado ser la cara de un amigo de mi hermano que cantaba una canción horrible sobre una ballena. Acerca de, no encima de ella.
Gonza dice: ¿Quieres dar un paseo por el Retiro hoy?

Va al baño; se sienta a hacer pis, pero contiene las ganas un segundo y escucha por la ventana del patio para adivinar la hora que es por los ruidos de las cocinas, de los baños.
Roberto dice: ¿Qué te pasa, te ha comido la lengua el gato?
María dice: No debíamos haber hecho esta tontería. Ya no tenemos quince años.
Javi no dice nada, silba una melodía como de jazz, de la que sólo se sabe 5 segundos, que repite incesantemente; se exaspera, vuelve a empezar.
Gonza dice: Oye, de verdad que lo siento. Estoy un poco estresado estos días, sólo es eso.

Termina de hacer pis, se lava la cara despacio, se mira al espejo. Una niña pequeña vocifera desde el tercero ("¡Mama, Armstrons se ha hecho caca en las gafas de papá, guarro!")
Roberto dice: Oye mira, si esta noche quieres que quedemos, me llamas, ok?
María dice: Tengo que irme. Luego hablamos.
Javi dice: Satchmo haciendo de las suyas...viva Vivaldi, dime si no es ecolalia esto que pasa aquí y ahora, incluso en la casa de tus vecinos.
Gonza dice: ¿Quedamos esta tarde y damos una vuelta por el centro?

Sale de la ducha, envuelta en una toalla lila y en perfumes como de rocas saladas.
Roberto se ha ido y ha dejado un post-it con su número.
María ha dejado la colilla aplastada como un insecto en el cuenco de cerámica de colores.
Javi ha dibujado en el espejo un mapa del barrio con instrucciones para encontrar un tesoro. Las instrucciones terminan en el bloque donde él vive.
Gonza se ha ido sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado.

Susana abre la ventana, respira el aire hondo de la calle y se recuesta de nuevo sobre la cama con un café con leche, y recuerda con una sonrisa complacida la noche que ha dejado atrás, lista para afrontar la incertidumbre de la floresta asfaltada un nuevo día.

martes, 10 de agosto de 2010

Terrario (I): Javier, sus hilos.


Hay como una intertextualidad implícita en todo lo que Javier vive estos días de verano en la ciudad.
Por ejemplo, hoy por la mañana rompe una vieja fotografía (tomada en otro tiempo y por otras manos en otro lugar) que tenía pegada en el espejo de su habitación y nada más abordar la calle para ir a espantar esos fantasmas translúcidos le entrevistan para una encuesta (Holabuenastardes, ¿tiene un minuto nada más?) sobre abrillantadores de cristales (comparado con otras marcas comerciales, el nuestro es más eficiente en cualquier tipo de).
Más tarde pasa cerca de un expositor de una tienda de libros de segunda mano que hay en una calle estrecha cuya silueta recortada contra el cielo hizo sus delicias un día que tenía en sus manos la cámara y la inspiración (el viento y un tendedero con sábanas infantiles al sol hicieron el resto), y en el escaparate un espíritu creador ha colocado a modo de decoración (cosas del art nouveau) un paraguas del que sólo quedan las varillas, como un esqueleto; no da ni tres pasos, y un diluvio en miniatura se cuela por su nuca y le empapa la espalda y la cabeza. El sol está radiante, no le extraña nada por tanto al mirar hacia arriba que las macetas que gotean sean precisamente esas.

En fin, son sólo ejemplos. Lo más probable es que el humor que gasta esos días (esa desocupación perpetua, ese acorchar suave de la mente arrullada por el bochorno gris de las calles asfaltadas) le esté jugando malas pasadas. Eso dice Susana cuando él la llama al trabajo interrumpiéndola para contarle sus accesos de paranoia, "tienes la mente como un pájaro o un mendigo, receptiva pero poco procesiva", dice, riéndose. A él le parece bien, lo del mendigo. A veces se sienta a leer en las plazas, o a hacer que lee y observar a ese anciano que vende flores y que golpea la papelera sobre la que se apoya cada vez que pasa una chica guapa (plas!) o joven (plas!) o chica(plas!), y que a veces se enisimisma y se acuerda (tarde) de golpear la papelera metálica y las chicas se vuelven asustadas (gilipollas!) y él sonríe de forma bobalicona y les ofrece una rosa e instantáneamente vuelve a prestar atención no vaya a despistarse de nuevo.

Javier, mendigo en horario de 16h00 a 19h00, se recoge para llegar a tiempo a la sesión de cine y al llegar a su coche aprecia, consternado, la fina capa de polvo que cubre el parabrisas delantero y que (predice) va a transmutarse en fango en cuanto su afán sea resolutivo si quiere llegar a tiempo.

Entonces, se rasca la coronilla y trata de recordar, porque a veces no quiere ver los hilos invisibles que se tejen a su alrededor como una telaraña, pero algo en su mente chasquea los dedos, y entonces piensa que el día ha conseguido finalmente morderse la cola, y llama a Susana porque va a llegar un poco tarde y la ciudad y las prisas le hacen olvidarse del maldito nombre del detergente que dejaba los cristales impolutos, y suelta un juramento entre dientes cuando se visualiza a sí mismo tirando a la basura el ticket regalo que le ofrecían esta mañana.

Empieza a llover.

Javier piensa que empieza a tener ganas de volver a trabajar, no puede ser de verdad que esté perdiendo el sentido común y el tiempo de esa manera desaforada. Eso, o decidirse a escribir un diario, seguro que si lo publica se gana una fortuna.

domingo, 8 de agosto de 2010

El Horror (V): Oxímora




Oxímora.

Y qué, si la Ciudad se puebla
de ventrílocuos

de golpes efectistas


si despedirnos parasiempre del niño que fuimos
nos lleva apenas un gesto vago
con las manos.

jueves, 5 de agosto de 2010

Estos Mundos (X): Etiquetas


Hoy hemos tenido un debate de esos en los que, desde el principio, una de las partes asume que sin importar la trascendencia de la conversación ni el enardecimiento con el que se defiendan las ideas el resultado final será el equivalente dialéctico de jugar al yo-yó, y la otra decide no prestar atención al rumbo que toman los argumentos porque no es necesario cuando se está en poder de la Verdad Absoluta.

La idea inicial era discutir la importancia de la etiqueta, y el origen ha sido el siguiente: una de las científicas más importantes de España es criticada por vestir, en una de sus últimas charlas, como una lesbiana (concepto a discutir en otra ocasión, se siente: los mosqueos de uno en uno, por favor). Entonces, diversificación de opiniones:

F opina que cada uno vista como quiera, pero que se valore lo que realmente se viene a hacer (en este caso, dar una charla)
G opina que para dar una charla científica es imprescindible vestir con corrección y seriedad (y aunque sea demagogia, me permito extraer dos conclusiones, aplicando la propiedad transitiva a la primera de ellas para sacar la segunda: uno, las lesbianas visten mal, de lo que se concluye que dos, las lesbianas no pueden dar charlas científicas)

A partir de este punto, se desencadena el debate anteriormente citado acerca de la importancia o no de cumplir con el protocolo y la etiqueta, por ejemplo en entrevistas de trabajo o en charlas para acceder a un puesto de trabajo. Debate de conclusión nefasta, como debe ocurrir, que termina con enfurruñamiento generalizado.

Las conclusiones para mí están claras:
1) si se me va a juzgar por el precio del traje que lleve a mis futuras entrevistas, lo tengo bastante crudo. Obviamente, no iré en bañador y aletas de buzo, pero joder...
2) el alcance de dicha necesidad radica en el tipo de puesto que vayas a solicitar, de lo que se concluye que
3) siempre que me sea posible, trataré de evitar ese tipo de puestos de trabajo.

Para rematar tan interesante discusión, G dice que "total, si a él le encanta vestir de etiqueta..."
Entonces, quiero terminar mi entrada haciendo homenaje a Alex Rodin (http://www.bellabelarus.com/en/component/option,com_jsgallery/mode,by_artist/artist_id,23/Itemid,49/), que aparece hoy en mi foto, retratado en Tacheles durante el viaje que hicimos Lu y yo a Berlín hace poco. Expone en la Galería Nacional de su país, algunas de sus obras en el link que os pongo. No creo que use traje. Nunca.

Y que viva la gente que hace entrevistas en camisetas de wushu, vaqueros y gafas naranjas, coñe!

(Reflexiones Post-scriptum. Lo peor de todo: quedarme rallado a estas horas de la mañana, cuando al otro probablemente se la sude todo de forma impúdica, y que cuando llegue nuestra próxima respectiva entrevista él en un santiamén se plante su traje de las entrevistas mientras que yo tendré como regurgitaciones de la noche de hoy y tardaré en vestirme más que una ministra.)

miércoles, 28 de julio de 2010

Otros Mundos (VIII): Transmission/Error





Las líneas de las calles convergían configurando un punto de fuga que quedaba fuera del alcance de nuestros ojos.
Solitarios, funambulistas, dejamos que la tarde nos llevara de la mano a corredores de putas desdentadas recubiertas de maquillaje barato y graffittis ilegibles en las paredes, ecos de gritos que ya no significan nada.

Guardábamos un minuto de silencio.
Entonces, todo implosionó. Nos emborrachamos de arte, de himnos en lenguas germánicas.

Fuimos los reyes de las calles, a pesar de que nuestras zapatillas tenían las suelas roídas.

jueves, 8 de julio de 2010

El Horror (IV): En Blanco


Los días se diluyen como ceniza en un vaso. Cada horizonte que entreveíamos ha resultado ser un poso de alga, de isla sin náufrago.
Me encierro.
Pienso en tí como en una gota indisoluble, crisol de brumas y de hueso molido.

Ato unas palabras con una roca y sin embargo nunca me atrevo a lanzarlas al mar. Cada cosa que escribo huele a sobada, a vieja leyendo un tarot barato. Compro periódicos usados, y con ellos construyo una nueva biblioteca. Guardo balas de cobre y de barro en un cajón con llave; son las balas que usará cualquier otra persona, pero no yo, y menos con este disfraz de falso escritor, de falso suicida.

Mastico literatura como quien busca un tesoro inexistente; me canso, en definitiva.


Reconozco (y eso no va a salvarme, ni mucho menos, de los arañazos en las entrañas) que estoy en blanco.

jueves, 1 de julio de 2010

Fondos de armario (II): El temblor de la carne.

Este parque negro en el que me siento a escuchar la noche desprende un aroma demencial. Hay ruidos de sirenas, condescendencia de los árboles hacia todo lo que se expande ahí fuera gritando. Sombra, astrolabio, clepsidra, todos nombres susurrantes.

Y yo aquí sentado, rumiando, postulando el aborto del demiurgo.

El suelo se desdobla, emite carcajadas simiescas. De las rocas diminutas del suelo surge una mujer desnuda. Grita, empuja una calavera con la cabeza. Se retuerce entre el polvo, se sumerje entre la doble capa como un pez reseco.

"Soy lo que quise ser, más el dolor de serlo", dice un hombre a su espalda. Está vestido, y eso ya constituye toda una ofensa a la armonía de la escena.

Anochece; y sin embargo la escena es bastante luminosa, o tal vez sea más correcto decir clarificadora.

Las farolas gritan canciones piratas de amor, de sirenas. Los buitres revolotean entre los cadáveres, sin tocarlos.

5/04/2008

martes, 29 de junio de 2010

Estos mundos (IX): Fearless,


Agárrate fuerte.

Y acelera.